determinante, autoritaria, me ve con suspicacia y me murmura su amistad, me murmura suspiros y deseos, camina altiva y arrogante, sus ojos transparentes lloran claridad y derraman lágrimas de soledad, incomprendida en su plenitud, en el clímax de su vida, sus corazones le acompañan sin reservas mientras lidera su camino, su lucha vanidosa e inmortal por lo que cree no es su realidad, a todos dice que hacer, y no por que lo crea sino por que lo sabe, no duda, y si duda lo oculta pues no se permite fallar

Kweifa

98,4,08

cierro mis ojos y te vas, te llamo y me miras,

con esa sonrisa traviesa que me dice que es verdad,

viviste como las hojas de los árboles que se desprenden de las ramas,

acariciando al viento sin destino cierto,

pero con la intención de no volver jamás, el mundo te queda chico,

tu alma y tus latidos se dispersan, cubriendolo todo como la noche y el día,

no dejes que llueva, no es tu estilo,

no te esperamos, sabemos que estas allá, donde te gusta, viajando en la

inmensidad de tus deseos,

de los sabores y colores que siempre disfrutaste,

no te extraño pues me acompañas, en cada niña que sonrie, que rie, y juega,

cierro mis ojos y te vas, te llamo y me miras,

con esa sonrisa que me dice que es verdad,

vete y desborda tu alegría en otros ojos, donde tus risas despierten a las

flores, y tus lágrimas no existan,

sé que no estas sola en tu viaje, tú sabes quien cuida tu camino, la misma

que no aguantó tu lejanía, y a la que extraño tanto como tu me enseñaste a hacerlo

espéranos tranquila, aún no terminamos la tarea,

pronto, a su tiempo,

calienta el chocolate, saca las paletas y prepara tu aventura,

será así, como siempre debió ser

Ritual budista, navajo, protestante, católico, medieval, judío y demás, Segundo Acto…..el primero no es tan interesante…

Dios mío si tienes tantas religiones a tu disposición, escoge una de una buena vez…..Ninguna sería mejor.

Este mes asistí a la Boda de una buena amiga mía de la universidad, en una bellísima Hacienda cercana a mi ciudad, la importantísima cita comenzó a deshoras, mientras que unos estuvieron puntualmente a la hora fijada por el Alto Mando, otros estuvimos sutilmente retrasados y muchos otros penosamente tarde, la hora cero eran las 13:00 horas.

La novia enclaustrada y celosamente protegida por su madre, su suegra y alguna de las valientes madrinas que como rumor periodístico de la fuente presidencial daban a conocer los pormenores del cuarto invisible, en el que se dilucidaban los más precisos detalles de la ceremonia, iban y venían todas de tocador a tocador, de cuarto a cuarto. Entre los detalles se discutía el sitio en el que tendría lugar la ceremonia civil, uno de los bandos argumentaba la sala más próxima a la entrada del casco de la Hacienda, el Alto Mando exigía el patio del mismo casco colonial, como si en ello fuera la vida, ambos lados, con nupcial desesperación se entregaron a la tregua; al final fue la sala.

En el amplio jardín, corrían los músicos, los violines afinaban, y los invitados llegaban, poco a poco se preparaba el trillado arco floreado hollywoodense, las madrinas corrían con sonrisas y venenosas miradas los atuendos de las invitadas, y con otros más discretos a algunos de los invitados, los padrinos aquí y allá, los acompañados cumpliendo con la misión hacía sus seguidoras y los solitarios nos reuníamos para compartir la penosa decisión de la corbata establecida por el Alto Mando, sin duda la envidia de los areomozos de cualquier aerolínea rosada, gayairways sin duda, pero eso no nos desanimó, el hambre llegaba y esperábamos ansiosos los canapés prometidos.

El maestro de ceremonias iba y venía con un nerviosismo que competía con el de la novia, un error sería su ruina, posiblemente decapitado o desterrado de las frecuentes noches beatlenianas organizadas por los novios, batallaba con un guión pésimamente escrito y ordenado sin excepción por el Alto Mando, llevaría la batuta en la ceremonia “ecléptica” haciéndonos suponer una referencia hacia las miradas cruzadas de los asistentes, pero en realidad refería a la increíble mezcla de ritos que tomarían lugar en la Boda más extraña que nos podamos imaginar, una irónica combinación entre lo más moteado de las comunas gipies de los sesenta y la discreción y elegancia neoyorkina, jupie en resumen.

El novio caminaba con una tranquilidad increíble, con una sonrisa apaciguante y llena de confianza, sabía que la novia tendría que salir, no podría escapar, antes lo haría él, pero no, habían llegado hasta allí, y se casarían por lo menos para demostrar que ya nadie era dueño de sus voluntades, sino ellos dos, cooptados el uno por el otro, pero al fin propiedad privada. Sin embargo un inquietante pensamiento llegaba a la mente del novio, uno que podía sacar lo mejor y lo peor de su ser, una duda lo invadía, era un momento decisivo para su vida, lo espero durante más de 15 años, el honor de su familia, el respeto por si mismos dependían de un solo hecho, de un instante soñado sólo en sus sueños, el mundo les había dicho que eran pocos, que ya estaban extintos y que no había posibilidad de redimir su posición, el Atlante debía ser campeón, de otro modo ese día, el más importante de su vida estaría incompleto, obtener doble trofeo en la misma fecha, alguna vez lo pensó pero sabía que aunque las posibilidades eran altas, era poco probable.

Poco más de dos horas después, el Alto Mando apareció, los violines entonaron sus cuerdas y la ceremonia comenzaba, acompañada de su padre, se acerco hacía el trillado marco floreado, en el que la esperaba el novio, ella cuidadosamente maquillada y asemejando a una actriz japonesa, contenía con su sonrisa las lágrimas que alcanzaban a enrojecer tímidamente sus ojos, nunca sabremos porque, por felicidad o por… bueno eso lo dejamos así, nunca lo sabremos, continuando, el maestro de ceremonias daba inicio al enlace espiritual de la “ecléctica” ceremonia.

Primero el Ritual Budista, los novios abrían de mostrar la mandala que habían hecho con distintas arenas de colores, entregadas previamente por los padrinos, explicaron en inglés y en español la abstracción de su obra maestra, hecha seguramente horas antes, llena de referencias beatlenianas y cursilería de recién casados, lo solteros observamos con escepticismo, las madrinas y las solteras con ilusión y ternura desbordante, seguramente pensando: “quiero una boda igual pero sin tanto rollo”, los padres, los suegros y los matrimonios mayores contemplaban el ritual con demostraciones diversas, algunos notablemente conmovidos, otros con especial nostalgia de un amor que ya no tienen pero que desquitan en la alcoba de algún tercero o tercera, otros sin duda esperando con ilusión el final del rito para saciar sus hambrientas barrigas.

Las madrinas y padrinos improvisábamos lo mejor posible, ni los que planearon sus palabras lograban expresar lo que en realidad habían querido decir, para bien o para mal.

Luego vino el resto de los rituales, mientras los padrinos de copas (no de borracheras) se preguntaban con impaciencia y preocupación el paradero de las dichosas copas que habrían de romper los novios, sabían tanto como los demás, las temibles consecuencias de sus omisiones, el Alto Mando lo observaba todo, cual ojo de Mordor.

Al final y con un cierre de película, terminó la ceremonia neoyogipie, salían los novios al sonido de la marcha nupcial de Mendelssohn y en cualquier momento saldrían los créditos de una verdadera comedia romántica, los asistentes salían de la carpa con un semblante de pleno alivio, al fin había terminado el tormentoso camino hacia la Boda en la que parecía nos casaríamos todos, al fin terminaba un episodio de novias histéricas para dar comienzo a un especial de recién casados, previo al inicio de la nueva temporada de “desperate housewives”.

A pesar de todo, espero de verdad que como yo, ustedes le deseen a los novios lo mejor, la mejor de las suertes (la necesitarán), y sin duda a todos los jóvenes con bríos de casorio les ruego por favor, pero por favor, que sean prácticos y se casen por el civil, por la iglesia o cualquier rito, pero uno, uno solo, lo suplico!!!!

Es curioso, como gira el mundo, el tiempo pasa y los caminos rotan. y las cosas parecen estar hechas así, para que todo ocurra como se espera, para que los caminos roten de nuevo sin cambios, pero sin encontrarse unos a otros, sin notar siquiera la existencia del resto, y entonces, cuando dos de ellos se encuentran, en un tiempo y lugar exactos, parece el destino, pero en realidad lo que ocurre, es un milagro, solo hace falta que uno de ellos lo note….

Hoy, y ayer lo noté, te veo sin patrón alguno, y siempre que nos encontramos te noto, te observo desde mi ventana, de mi lado del camino, manejamos el mismo auto, utilizamos la misma ruta, y nuestros caminos convergen de repente, eres la coincidencia, el destino, el milagro más bello con el que me he topado; despreocupada, delicada te desvaneces en el tránsito, en el aquí y allá de la línea peatonal que divide una vez más nuestros caminos, nos separa para otra incierta eternidad, el verde te desprende de mis ojos, y entonces me pregunto si alguna vez volverás a mi, a ese minuto en el que eres mía, me devuelves a la incertidumbre de saberte aquí o no, recorriendo el camino una vez más, en tu pequeño volkswagen azul..

Nació una madrugada de Marzo con la primavera, fue la última y más pequeña de entre 6. Con sus hermanos y hermanas disfrutaba cada momento, cuando su madre llegaba, siempre luchaba para obtener un lugar; entre empujones y mordiscos obtenía ese rincón tibio que la protegía de todo y de todos. Jugaba sin cesar, aprendiendo para los duros días de crecimiento, esos que vienen con la vida.

La llamamos Botas, porque sus patas eran como 4 pequeños botines de color león, sus patas eran gruesas y grandes, y porque parecía tener la picardía de un gato con Botas. Una noche, la pequeña Botas no aparecía, sus hermanos la esperaban desconsolados, era extraño que no estuviera para jugar, la buscamos y la buscamos, estaba muy quietecita abajo de la cama, no parecía sentirse bien, en la garganta tenía una bola inmensa que le apagaba la luz de los ojos y aletargaba sus reflejos. Con la tristeza de todo padre, llame al doctor, me dijo que debía tomar medidas al respecto, que debía ser cuidadoso o las consecuencias serían fatales. Entonces tomé una aguja bien caliente, y la clavé en el enorme bocio que hacía caer su cabecilla, un líquido café y maligno brotó lentamente, necio a la gravedad, decidido a terminar con la vida de la pequeña Botas. Exprimí enérgicamente, así como esa cosa le exprimía la alegría que a todos contagiaba, finalmente quedó limpia, y con unos cuantos cuidados extra, más los privilegios inseparables de todo enfermo, la Botas salió adelante. “Ésta salio buena para lo malo” dijo mi madre, aliviados, todos, la Osa, sus hermanos, sus hermanas y nosotros estábamos seguros que la Botas había venido para quedarse. Llegaron los aciagos días de la partida, en los que nadie quiere decir adiós, aunque sabemos que es inevitable, las palabras simplemente no salen, el corazón late, la piel se hace chinita y sentimos ese cosquilleo de las malas noticias. Uno a otro, se fueron, primero el Oso el grande de los pequeños, ése al que todos respetaban sin habérselo ganado aún, la jerarquía de la manada se imponía. Después, del mismo hogar, regresaron por su gemela, la Ositita grande e imponente como su hermano, era la que mandaba, siempre poniendo orden a la hora de la comida, y vigilando que todos durmieran a sus horas. Después llegaron por los dos medianos, esos que eran atléticos y esculturales, fueron separados. Sólo quedaban dos, el Peque y la Botas, esos dos que perdieron la guerra en la placenta, flacos y pequeños ganaron peso, se abrieron paso y vencieron todas las dificultades que la naturaleza les puso enfrente. Una tarde llegó una familia, buscaban el amigo ideal, un nuevo miembro que divirtiera y protegiera a todos, como lo habían sido antes. Escogieron a la Botas, las niñas siempre son más cariñosas. El reloj pasaba, y la nostalgia inundaba la casa, todos sentíamos el vacío de haber visto partir a la pequeña Botas, que luchó y luchó, la que nos desveló con cuidados intensivos y que en las mañanas nos hacía el día, la semana, el mes, su permanencia nos tranquilizaba, nos alentaba a luchar nuestras propias batallas, a ganar nuestras propias guerras. Más tarde en la misma noche de aquella tarde, la familia regresó, la Botas enfrentaba ahora un nuevo desafío, uno tan natural como el primero, pero mucho más doloroso, el rechazo. El rechazo que todos sufrimos algún día por ser diferentes, unos más que otros y por razones infinitas, nunca justas pero siempre por la mayoría. “No mueve una pata” dijeron, como cuando regresa uno la fruta golpeada. Nosotros nunca nos dimos cuenta, nos concentramos más en verla disfrutar su victoria, nos sentimos culpables y egoístas, ¿cómo no nos dimos cuenta?. El cosquilleo regresó, el corazón latió y la tristeza se dispersó al apenas comenzar el pensamiento. La observamos y la regresamos a su corral, ella no entendía, nunca entendió, vivía y jugaba con sus hermanos, ni ellos ni ella lo sabían, tampoco lo notaron, eran los privilegios de la inocencia, el privilegio de no ser humano. Mientras nosotros nos seguíamos preguntando “¿cómo no nos dimos cuenta?”, “¿cómo nunca lo notamos?”, “¿cómo jugaba , como corría?” ella nos miraba, seguramente se preguntaba “¿a qué hora viene mi mamá, tengo hambre?”. Decidí hacer el peregrinaje que hacen todos los padres que tienen hijos con “problemas”, por no decir el sentimiento que no se nombra. Vimos a todos los doctores que pudimos, y todos seguían diciendo lo mismo “No se puede hacer nada, no parece tener sensibilidad alguna”, como no va a tener sensibilidad alguna, si nosotros sentíamos que el mundo transcurría en sus ojos. El “problema” parecía ser que no tenia la menor conciencia de la existencia de esa pata, la de la izquierda trasera, nunca la necesitó, nunca se sintió diferente. Alguno de los médicos nos recomendó ver al neurólogo, pero en nuestra ciudad no hay neurólogo para perros, estos seres que viven junto a nosotros, nos son incondicionales y sin embargo no contamos con los medios para asegurarles nuestro agradecimiento. El reloj se detenía cada vez que regresaba y comenzaba a pensar en su futuro, y al mismo tiempo me preguntaba tal vez con la arrogancia que desborda de la ignorancia “¿cómo es qué lograba jugar?”, nunca le importó quedarse atrás, nunca le importó luchar el doble y seguir ganando, todo para seguir entre nosotros. La respuesta a su futuro era, para nosotros los humanos obvia, la bondad del sacrificio, tardé días en aceptarlo, pero la verdad es que la Botas era tan feliz, es posible que lo siguiera siendo, pero la realidad te golpea con la ensordecedora voz que cada gota te dedica bajo la lluvia, algún día se daría cuenta de que era diferente, algún día el rechazo le sería eterno y la naturaleza le haría el calvario, todo era soportable, pero no podía aceptar que alguna vez, posiblemente se uniría a ellos. La mañana de ese día, eran tan brillante como la de aquel día de Marzo, después de esa eterna madrugada. En el consultorio se encontraba una joven, con menos años que los míos, supuse que era la secretaria, pero no, confesó con una traviesa sonrisa de orgullo y complicidad que ella era la doctora. Me pregunto el motivo de la visita, y le dije que había que sacrificar a la Botas, le dí crónica del peregrinaje y me dijo que no era fácil pero era lo mejor. Esperé a que volviera con sus “instrumentos”, me senté, y comencé a acariciar a la Botas, pero ella quería jugar, jugar hasta el final, hasta el último aliento que no sabía que venía y se acercaba para posarse sobre ella. La doctora regresó y nos instruyó sobre la fría mesa que no falta en cualquier consultorio, la que atestigua el sentimiento innombrable que nos posee y nos hace mudos. La doctora muy profesional comenzó a preparar su jeringa, la vi, y volví a pensarlo todo, a sentirlo todo, y a dudarlo todo. Pronto el profesionalismo se desmoronó ante la juventud, ante la vida, y el amor que estremece a todo aquel que presuma de fortaleza y madurez. Yo ya no lloraba, había llorado tanto tiempo en silencio, lo había pensado tanto, y había llegado hasta allí, verdugo de mi propia sangre, no había vuelta atrás, habría sido peor para todos, menos para ella, pero ella seguía sin saber, sin entender, sin saberse diferente, sin saber de futuros ni pasados, sólo de presentes. Me preocupaba que la doctora no fuese capaz de inyectarla apropiadamente, no quería que se diera cuenta, que entendiera y se supiera diferente, la doctora lloraba desconsolada no sabía de incertidumbres, pero ella lo entendía, me entendía, y me sentía culpable por que no me culpaba, eso sería para después. Consumado, debí consolarla con la frialdad que me contagiaba el consultorio, con la frialdad con que invade la ausencia. Metí a la Botas a su ataúd improvisado, una pequeña caja de impresora, yo seguía sin llorar y el tiempo de la culpa llegaba sin piedad, me sentía culpable por no poder llorarla más. Me dirigí entonces al lugar que había elegido para su sepulcro. Junto a una tubería de agua en el jardín de mi hermano, para que siempre estuviera verde, con vida, creciendo. Le pedí a mi hermano que me dejara a solas, yo lo había planeado, yo lo había decidido y yo la había entregado al veneno, yo debía enterrarla. Cavé con la energía con la que exprimí aquél líquido, como sí también así le salvara la vida, antes de meterla al agujero, la observe, no quería cerrarle los ojos pero lo hice, la acaricié, y le pedí perdón, la abracé y me solté a llorar, entonces me sentí mejor, volví a sentirme humano. Mientras llenaba el hueco, pensaba una vez más en todo, como el instante antes de la inyección, me convencí definitivamente de que había hecho lo mejor para ella, no para mí, para ella.

Nació y murió, sin dejar atrás la felicidad, sin dejar los juegos, sin entender, sin sentirse y saberse diferente, y yo, con la envidia de saber que no moriré igual, para convertirme como ella en un recuerdo que camina con Botas.

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